Si tal hombre es verdaderamente dirigido por Dios, entonces se lo ha llevado a dirigir un negocio y administrar personas. Debe comprender que administrar su negocio es un llamado de Dios. Debe dirigir su negocio como un servicio para otras personas, sabiendo que si el servicio es valioso para ellos, aquellos que se benefician de sus productos y servicios lo pagarán.
El dueño del negocio debe tener el objetivo de ser rentable. Tendrá que cobrar lo suficiente por los productos y servicios para cubrir todos los gastos y obtener una buena ganancia.
Cuando llega el momento de agregar empleados, el propietario debe comprender que sus empleados son su mayor activo. Debe preocuparse por ellos, no oprimirlos, comprender que están proporcionando a sus familias y que los ingresos que obtienen son muy importantes para esa familia.
El propietario debe comprender que el éxito empresarial es vital para que los trabajadores continúen manteniendo a sus familias y contribuyan a la sociedad en general. Por esa razón, el propietario debe despedir a los empleados que no hacen un buen trabajo. Dichos empleados no son un activo sino un desperdicio de recursos de la compañía. Debe ser bueno con quienes están comprometidos con él y con el éxito del negocio. Quienes demuestren el mayor compromiso y asuman la mayor responsabilidad deberían ser puestos a cargo de otros. Cuando sea posible, creo que ofrecer incentivos a quienes superan ciertos objetivos de producción es una excelente manera de recompensar a los mejores trabajadores con mayores ingresos y garantizar que la empresa continúe creciendo.
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